miércoles, 26 de octubre de 2016

En el martirio se halla el alma.

La degradación es paulatina, se brilla a los 20 años y se marchita a partir de los 30. ¡Que fugaz existencia!, ¡Y encima se presume que son las edades de la formación! A partir de los 30 todo se desvanece, como una estrella fugaz, pasamos de la inmortalidad de la eternidad a la mutabilidad de la inexistencia. Sin previo aviso, todo va camino de la muerte. La muerte es el destino, el fin y el medio. Es el mal hacia lo que todo tiende.

A los 30 el amor queda olvidado, a los 30 el recuerdo de la juventud queda enterrado. Nunca más volvemos a ser libres. La responsabilidad nos ata.
Somos esclavos de nuestros miedos, miedos acumulados durante 3 décadas de sufrimientos.
No existe ningún remedio para ahuyentar a los medios, al menos no nacido de la meditación. Tan solo el horrible peso de verte abocado al abismo de la muerte.

Es solo en la certeza de la muerte cuando despertamos y sufrimos con razón. Ya no hay razón de culpa, ya no hay inquisidor, tan solo la certeza del dolor que recorre todos nuestros sentidos. Ya estas preparado para comprenderlo, siempre fue un dolor que conducía a la irremediable muerte. Tan solo un calvario que ni los muslos de una mujer pueden llegar a sobrellevar.

Solo queda en ese momento el alma, aquella esquiva amiga vestida de dignidad que creías olvidada. Y te dice- yo honrare tu muerte lo que no has honrado en vida-. Asi la muerte se convierte en el ultimo acto de un corazón rebelde y estimado. Al que nada consuela pasado y futuro y donde la fugacidad de lo querido se transforma en sombras de lo temido.

Pero el alma te contradice, ella no sabe ni si es eterna, solo sabe que te pertence, y que nunca te ha fallado. Dando paso a la certidumbre de que todo ha sido un buen sueño, un camino lleno de piedras burlado por un fénix. Nada que nunca hayas sido incapaz de soportar, pues ella ha estado a tu lado. Ella te ha guiado y la has escuchado, y es asi como terminaras. Con tu solitaria alma clamando al cielo. Maldiciendo al mundo. Y con la certeza de que el sueño fue conocerte, para poder soportarte. A ti, al otro y al resto. Pues solo queda lo inaguantable.

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